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La crisis fronteriza de Estados Unidos llega en micro hasta Nueva York

Una estrategia cruel se fundamenta en un argumento justo: la inmigración exige la atención mundial.

Nada encarna todo el idealismo y la indiferencia de los estadounidenses, o la inteligencia y la miopía de sus políticos, como la locura que se ha apoderado de la estrategia de ese país con respecto a la inmigración. ¿De qué otra manera es posible explicar lo que pasó un viernes reciente por la mañana en la terminal de autobuses de Port Authority en Manhattan?

Decenas de migrantes de Centro y Suramérica se agruparon detrás de barreras de acero amarillas, bajo la vigilancia de la policía de Nueva York. Algunos buscaron ropa nueva en contenedores de plástico o se probaron zapatos proporcionados por voluntarios. Dos niños arrodillados junto a una silla de metal coloreaban un cuaderno en blanco con bolígrafos amarillos y rosas. Un bebé recargado sobre el hombro de una mujer, dormía pacíficamente, mientras los paramédicos empujaban a otra mujer en una camilla a través de las barreras y hacia la Octava Avenida. Con ironía o en serio —cualquiera de las dos es una opción válida— la Estatua de la Libertad, plasmada en una ilustración en un vidrio retroiluminado, miraba desde una pared a los recién llegados.

Estas personas eran los últimos solicitantes de asilo enviados desde Texas por el gobernador de ese estado, Greg Abbott, quien ha optado por cargar a los que cruzan la frontera en autobuses y, sin coordinación, los envía en viajes de ida, primero a Washington D. C., y ahora también a Nueva York. El gobernador de Arizona, Doug Ducey, se ha unido a Abott en tal empresa. Los autobuses de Arizona están mejor equipados, incluso tienen personal médico, pero los inmigrantes dicen que no les dan comida ni agua durante los dos días que dura el viaje desde Texas.

Antes de sopesar la política de esto, consideremos una dimensión más edificante de la situación: la respuesta de los voluntarios. Ilze Thielmann, líder de la filial de Nueva York de un grupo llamado Grannies Respond, se enteró por una “fuente confidencial” que el primer autobús que Abbott envió a Nueva York llegaría a las cinco y media de la mañana del 5 de agosto.

Ese día y desde entonces, Thielmann ha ayudado a coordinar una red informal de grupos que reciben con comida y café a los recién llegados, con productos menstruales para las mujeres y juguetes para los niños, y luego los transportan a un refugio o a casa de familiares y amigos en el área. “Estamos asumiendo el reto de Abbott”, dice Thielmann. “Haremos lo que tengamos que hacer. Somos neoyorquinos. Los neoyorquinos no titubean”.

No todo el mundo es tan generoso. Ese viernes por la mañana, una usuaria de la terminal se detuvo para observar la escena y se preguntó en voz alta qué enfermedades podrían tener los inmigrantes. “¿Y quién está pagando por esto?” añadió. “Nosotros”.

A medida que los autobuses seguían llegando, más o menos cada dos días, el gobierno de la ciudad comenzó a desempeñar un papel más importante. Pero si el alcalde Eric Adams, no titubea, sí se está quejando. Nueva York, que a principios de este año amplió los beneficios de asistencia social para los no ciudadanos, por ley otorga un refugio a quien lo solicite, y los refugios ya estaban luchando para acomodar a las personas sin hogar de la ciudad, que ya ha alquilado 1300 habitaciones de hotel para familias migrantes y está buscando miles de habitaciones más. Adams está presionando al gobierno de Biden para que lo ayude; en Washington, la alcaldesa Muriel Bowser ha pedido dos veces al Departamento de Defensa ayuda de la Guardia Nacional y ha sido negada.

Abbott se postula para un tercer mandato y se ha alegrado con los gritos de protesta de los alcaldes. “Escucha, Nueva York es una ciudad santuario”, declaró Abbott a Fox News hace pocos días. “El alcalde Adams dijo que les dan la bienvenida a los inmigrantes ilegales. Y ahora, ya que tienen que lidiar con la realidad, están desconcertados y no pueden manejarlo. Ahora están experimentando lo que nosotros enfrentamos en Texas”. Cuando Adams amenazó con enviar un autobús lleno de neoyorquinos a Texas para hacer campaña contra Abbott, le dio gusto. “Difícilmente podría haber algo mejor para ayudar a mi campaña”, dijo.

El hecho de que los métodos de Abbott sean crueles no significa que esté completamente equivocado. Los estadounidenses no deberían apartar la mirada con tanta facilidad de la frontera, donde la costumbre existente para lidiar con esta situación no es sensata ni humanitaria. Los gobernadores han transportado en autobús a más de 7000 migrantes desde abril, lo suficiente como para provocar lo que Bowser llama una “crisis humanitaria”.

Pero más de 6000 personas cruzan la frontera ilegalmente todos los días, lo que representa una pequeña parte de los 1,82 millones de detenciones en la frontera en lo que va del año fiscal (que comenzó en octubre), más que el récord de 1,66 millones del año pasado. La fortaleza de la economía estadounidense, el miedo y la desesperación al sur de la frontera y los mensajes contradictorios del gobierno de Biden sobre la indulgencia de su política están jugando un papel en esta situación.

La Casa Blanca ha llegado a acuerdos con otros países para intensificar su propia vigilancia fronteriza y está poniendo a prueba un programa para acelerar el procesamiento de los casos de solicitantes de asilo. Pero sobre todo parece estar esperando a que el problema desaparezca. Como presidente, Biden no ha visitado la frontera. Los estados fronterizos son los más afectados por la afluencia de migrantes. Hablar con severidad sobre la inmigración es una buena política en Texas. Pero en Nueva York, es igualmente fácil hablar con dureza sobre aquellos que son severos respecto a la inmigración, mientras se regodearse de su propia compasión por aquellos que intentan ingresar a Texas.

Movimiento de la gente
En una realidad política diferente, los alcaldes demócratas que instan al gobierno federal a hacer más podrían asociarse con los gobernadores republicanos que dicen lo mismo, y así poder presionar a sus delegaciones en el Congreso para que actúen. Pero parece menos probable que el enfoque de Abbott promueva la cooperación y, en cambio, agrave la división y con ello el sufrimiento y el caos. “Entiendo que Texas está abrumado, realmente lo entiendo”, dice Thielmann.

“Pero hay mejores formas de manejar esto que enviar a la gente en condiciones tan brutales”. En cualquier caso, Abbott probablemente no pueda reunir suficientes autobuses para crear una crisis tal que rompa el estancamiento político. Muchos migrantes se trasladan rápidamente a las casas de familiares o a la ciudad donde se llevará a cabo su audiencia de asilo. Otros se desvanecerán en un sistema de refugio que de alguna manera sale del paso.

Con unos 11 millones de puestos de trabajo vacantes en Estados Unidos, este es un buen momento para un compromiso sobre inmigración que ha sido diferido por mucho tiempo, uno que combinaría la aplicación estricta de la ley con un proceso de asilo simplificado y un camino hacia la ciudadanía. Pero ese resultado antagonizaría a los extremistas de ambos lados y resolvería un problema que los políticos nacionales preferirían utilizar para hacer campaña.

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