in

Nicolás Maduro está menos aislado de lo que alguna vez estuvo

Una inclinación hacia la izquierda en la región y el alto precio del petróleo fortalecen al régimen de Nicolás Maduro.

El 7 de agosto, mientras los líderes regionales llegaban a Bogotá para la elaborada toma de posesión del primer presidente de izquierda de Colombia, un hombre se destacó por su ausencia. Iván Duque, el presidente saliente y un conservador, usó lo último que le quedaba de poder para asegurarse de eso.

Le prohibió a Nicolás Maduro, el dictador vecino en Venezuela, pisar suelo colombiano hasta el mismo momento en que Gustavo Petro se juramentó. Así que Maduro se quedó en casa y asumió un rol como de presentador televisivo, parado frente a una pantalla grande en su palacio, donde comentó los eventos en Bogotá a medida que se desarrollaban.

Faltar a la ceremonia no ha disminuido el entusiasmo de Maduro por el cambio político que sucede en Colombia, el aliado más fiel de Estados Unidos en la región. Como muchos tiranos, Maduro alaba la democracia cuando funciona a su gusto. “Nuevos tiempos se avizoran para este hermano país”, tuiteó Maduro en junio, poco después de la victoria de Petro, un guerrillero convertido en senador. El izquierdista Petro ha prometido un deshielo en las gélidas relaciones de su país con Venezuela. Para empezar, dice que restablecerá las relaciones diplomáticas, truncadas desde 2019.

Pero la euforia de Maduro se basa en algo más que una simple inclinación hacia la izquierda en Colombia. Ya que parece pensar que la elección de izquierdistas como Gabriel Boric en Chile y Pedro Castillo en Perú socavará la campaña para aislar a su régimen. Mientras tanto, Estados Unidos parece demasiado preocupado por la escasez de petróleo como para seguir ejerciendo presión sobre el gobierno de Maduro. Todo esto ayudará a que el presidente venezolano ya no sea un paria en la región. Incluso los gobiernos de derecha aceptan en silencio que Maduro llegó para quedarse.

Es irónico que el astuto Maduro pueda beneficiarse del surgimiento de los líderes de izquierda, cuyo ascenso en realidad él ha impedido. Después de impulsar los movimientos socialistas en América Latina en su apogeo, Venezuela se convirtió en un dolor de cabeza político para los izquierdistas que intentan llegar a cargos públicos. En la campaña electoral, los conservadores retratan la agonía de Venezuela como el destino que les espera a los votantes si optan por la izquierda. A menudo los candidatos terminan atrapados entre los aliados centristas, cuyo apoyo necesitan para gobernar de manera efectiva, y las partes radicales de su base que todavía idolatran al régimen de Maduro.

Esa puede ser la razón por la que Petro, quien reconoce que el régimen es “dictatorial”, no mencionó a Venezuela en su discurso de investidura y es probable que proceda con mucha cautela. Las relaciones colombo-venezolanas han estado en ruinas desde 2019 cuando Duque y gran parte de Occidente reconocieron a Juan Guaidó, el jefe de la Asamblea Nacional de Venezuela, como el líder legítimo del país y exigieron que Maduro dimitiera. Duque, un tecnócrata amigo de Estados Unidos, se convirtió en un destacado partidario del prolongado pero infructuoso afán por el poder de Guaidó.

Sin embargo, hay bastante espacio para la cooperación. Un avance obvio sería la reapertura de la frontera de 2200 kilómetros entre los dos países. Desde 2015 la mayoría de los vehículos han estado inhabilitados para cruzar; casi todo el tránsito y el comercio se realiza a pie. Eso ha sido calamitoso para los medios de subsistencia de lo que alguna vez fue una de las fronteras más concurridas de América del Sur.

El comercio por valor de 7 mil millones de dólares en 2008 se redujo a solo 142 millones de dólares en los primeros cuatro meses de este año. Fernando Grajales, que fabrica pantalones de mezclilla en la ciudad fronteriza venezolana de Ureña, dice que la producción es solo el 10 por ciento de lo que era en 2015, y que el 80 por ciento de las empresas de ropa en la ciudad han cerrado. “Queremos consumidores colombianos aquí”, dijo.

Entre los menos entusiasmados con la distensión están muchos de los 1,7 millones de venezolanos que en los últimos años se han mudado a Colombia como refugiados. Una quinta parte de la población, unos 6 millones de personas, han huido de Venezuela desde que la crisis económica se profundizó en 2014. Algunos temen que los instintos intervencionistas de Petro conduzcan al país que es su nuevo hogar por el camino de la ruina conocida. “Sabemos cómo termina esta película”, suspira Jorge Moreno, un joven ingeniero que se mudó de Venezuela a Bogotá hace cuatro años. Miembros de la oposición de Venezuela, que hicieron de Bogotá su sede desde 2019, son otros que están inquietos. Algunos podrían optar por abandonar el país.

Colombia y Venezuela normalizarán la frontera entre ambos países. (Foto: AP/Matias Delacroix)

Grandes eventos geopolíticos perturban aún más a los enemigos de Maduro: la guerra en Ucrania y la posterior búsqueda de alternativas al petróleo ruso por parte de Estados Unidos. El presidente Joe Biden ha tenido que reevaluar los lazos con Venezuela, país que se sitúa sobre las reservas comprobadas de petróleo más grandes del mundo, pero cuya empresa petrolera estatal, PDVSA, se ve afectada por las sanciones. Biden ha enviado negociadores a Venezuela dos veces este año. Los funcionarios insisten en que las conversaciones son un esfuerzo por impulsar las negociaciones con la oposición y liberar a los prisioneros estadounidenses, dos de los cuales regresaron a casa después de la primera visita en marzo.

Y, sin embargo, Estados Unidos parece estar listo para permitir que el petróleo venezolano circule. En junio, dos empresas petroleras europeas obtuvieron su permiso para comprar petróleo de PDVSA, los primeros permisos de este tipo en dos años. Se dice que Chevron, una empresa de energía occidental que aún está en Venezuela, trabaja en un acuerdo para enviar petróleo desde su empresa mixta con PDVSA directamente a Estados Unidos, luego de que PDVSA reduzca su participación a poco menos del 50 por ciento. Para el gobierno de Biden, estrategias tan imprecisas pueden “reducir el costo político” de tratar con un déspota para bajar los precios del petróleo, dice Francisco Rodríguez, economista venezolano y activista contra las sanciones.

Es probable que Biden no acepte formalmente a Maduro como el líder legítimo de Venezuela, y mucho menos chocará los puños con él como lo hizo con el príncipe heredero de Arabia Saudita, Muhammad bin Salman. Pero la búsqueda de petróleo barato no es la única razón para que Estados Unidos amaine en su trato con el gobierno venezolano. Tampoco querrá forzar las relaciones con las crecientes filas de gobiernos de izquierda en la región al exigirles que excluyan a Maduro.

Recorren avenida Avellaneda y lo publican en TikTok: el fenómeno joven para alentar las compras a bajo precio

Fernando hace ocho años que viaja por el mundo: “Estoy priorizando mi calidad de vida”