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Soledad: las 5 claves para volver a salir de nuestro caparazón

¿Te ha pasado de encerrarte en vos mismo y no querer salir? Puede ser un encierro pasajero o de días, semanas y hasta años. Desde las emociones, la situación se traduce como desesperación y tristeza, y muchas veces lleva a la depresión. Aquí compartimos algunas posibles soluciones.

A veces, la vida nos pone frente a situaciones que no sabemos manejar. En ese momento, las vemos como desafíos límite; nos duelen, nos provocan desconcierto y no sabemos cómo actuar.

Otras veces, pasa que vivimos el contraste entre las expectativas que tenemos, con la realidad, y, como no coinciden, nos replegamos, nos metemos para adentro.

Meterse un poco en nosotros mismos puede ser bueno si lo haces desde la perspectiva de tener espacio para la reflexión interna, para conocerte, para descubrir aspectos nuevos de tu carácter, personalidad y comportamiento. Así es factible encontrar facetas que tal vez no nos habíamos reconocido previamente.

Aunque vivir encerrado en uno permanentemente tiene consecuencias en las que tal vez quieras pensar. Vamos a revisarlas rápidamente:

Te aíslas y sientes que no tienes a nadie alrededor.
Hay cosas que temes comentar por el qué dirán de ti.
Tus pensamientos se vuelven densos, oscuros y hasta tenebrosos.
Las fantasías en tu mente generalmente son negativas hacia ti y hacia todo lo exterior.
El temor se hace cada vez más profundo. Se transforma en miedo y luego, en parálisis para actuar.
Hay un adormecimiento emocional cuanto te encierras en ti, que puede hacer desafiante el momento de querer salir.
Sobreanalizas la situación, siempre en el terreno de tu mente encerrada; y es así como no logras visualizar perspectivas ni alternativas.
Los pensamientos rumiantes -tu diálogo interno, unas 12.000 ‘charlas’ por día- son negativos y no ayuda a mejorar tu estado interior.

El efecto caracol y la soledad
Muchas veces, este “meterse para adentro”, como un caracol en su carcasa, producto de sentir soledad. Una soledad que no manifiestas abiertamente y no le comentas a nadie; y por eso, un día, casi sin darte cuenta, te terminas acostumbrando.

Del acostumbramiento a la resignación hay un solo paso, porque no es aceptación plena de ese estado en el que estás, sino que, como no puedes visualizar ninguna alternativa posible, simplemente te rindes.

Hay soledades de distinto tipo: por ejemplo, puedes estar solo de pareja, de amistades, de compañeros de estudio, y solo en determinadas actividades. Aunque, si levantas la cabeza, vas a ver que alrededor, por más que lo niegues, siempre hay alguien.

La soledad social
Hay otro aspecto que también influye en el efecto de meterte para adentro: se llama soledad social.

La soledad social se da en esas personas que apenas hablan con su familia; se contactan lo mínimo con los compañeros de trabajo, y ni hablar de los vecinos del edificio. Se sienten incapaces de tener una porción ínfima de confianza alrededor, muchas veces por miedo a que les hagan daño, o los rechacen.

También hay otra soledad: por ejemplo, cuando gente que era muy buena amiga tuya te da la espalda o sientes que te traicionaron; cuando alguien deja de responderte y no sabes por qué -pese a que le has preguntado muchas veces-, y estas situaciones te llevarán a cierta angustia emocional por dentro. Lo ideal es que puedas autoanalizar paso a paso esas relaciones, para saber si, de tu lado, encuentras alguna respuesta.

Hay muchas personas que se acostumbran a vivir completamente solas: demuestran una aparente fortaleza por fuera, muestran que son autosuficientes; pero también pueden volverse más tímidos, con más miedos y fantasmas interiores, y hasta ser agresivos si alguien quiere entrar en ese espacio interno.

Y también hay encierros en uno mismo por situaciones que no elegimos: por ejemplo, cuando tienes una enfermedad que de alguna forma te aísla; una orientación sexual que no te animas a expresar; algún dolor tan extremo que no lo has elaborado de la mejor forma que puedas; un secreto que te atormenta; quienes tienen alguna imperfección estética que los acompleja, o incapacidades mentales.

El muro interior que has construido
Por estos motivos puede ser que te encierres en ti. Construyes un muro alrededor, y vives diciendo y diciéndote cosas como “la gente sólo quiere hacer daño”, “el mundo es muy negativo” y “nadie me entiende”.

El asunto es que somos seres humanos, y estamos diseñados para ser sociales por naturaleza. El compartir con las demás personas está dentro de la forma de vivir si quieres tener más plenitud y pasarlo bien.

Para ayudarte, aquí tienes algunas ideas para superar el hecho de encerrarte en ti. Porque quizás no sabes qué hacer, quieres salir, y no sabes cómo.

Pensarlo como un estado transitorio: Cuando imaginas que lo que estás viviendo durará “para siempre”, te vas a sentir peor. Es legítimo que lo pienses, pero también que sepas que tiene solución. Estos puntos te ayudarán a lograrlo.
Saber qué tipo de soledad te hace meterte para adentro: Por ejemplo, una ruptura amorosa puede hacerte sentir de bajón cierto tiempo; aunque una parte tuya sabe que hay posibilidades de superarla y conocer a alguien más. Lleva tiempo procesarla; tú y yo, y todos quienes hemos pasado por eso, sabemos que es así: se supera.
Conocerte bien: Aquí te invito a dejar de lado el miedo a mirarte por dentro y que afrontes la necesidad de saber cómo eres: cuáles son tus deseos, tus metas, tus limitaciones y tus miedos. El autoconocimiento, la terapia, el coaching de vida, y muchas otras disciplinas, te ayudarán a lograrlo.
Supera el miedo a salir al mundo. Es una realidad que a mucha gente le caeremos bien, y a otra, mal. No hay forma de conformar a todos, y tampoco tienes que crear esa dependencia emocional basada en la opinión ajena. Por ejemplo, si tienes miedo al rechazo, puede ser un freno para conocer nuevos amigos o el próximo amor. La sugerencia es que salgas dando un paso a la vez, y verás cómo, más temprano que tarde, estarás relacionándote nuevamente. Y recuerda: es legítimo querer estar solos; aunque no es lo mismo estar aislados y metidos para adentro permanentemente, y, además, enojados con el mundo, ya que esto produce un deterioro paulatino a nivel emocional, mental y físico.
No somos tan raros como a veces pensamos. Atención a este punto: muchas veces el encerrarte, aislarte y no relacionarte, puede ser una forma de actuar “raro”, para llamar la atención, o para justificar que eres “tan especial” que nadie te va a entender. Te aseguro que no hay nadie tan “raro” como para que no haya alguien del otro lado dispuesto a escucharte abiertamente. Así que puedes alejar tus fantasmas de ser tan especial, y vas a ver cómo encontrarás a alguien listo para acompañarte.

Ya lo sabes: los fantasmas de tu mente existen. Y sólo tú sabes qué puedes hacer para quitarles el poder, recobrar el sentido vital y animarte a volver a salir al mundo. Hazlo a tu ritmo. Pide ayuda si es necesario. Verás cómo en poco tiempo los habrás despejado y ese momento tenebroso de encierro en ti habrá quedado atrás.

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